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Por Lucía Galvez
Centro Cultural Gral San Martín (Buenos Aires-Argentina)
El habitat
Las inmensas selvas de América del Sur formaban solo una
parte del habitat ocupado por las grandes ramas linguísticas tupí-guaraní
y karaivé-guaraní. En una extensión que abarcaba de las Antillas, las
Guyanas y Brasil hasta la parte oriental de Bolivia, Paraguay, Uruguay, el Chaco
y las actuales provincias argentinas de Formosa, Corrientes y Misiones,
habitaban multitud de pueblos que podían entenderse por venir del mismo tronco
linguístico. Cada uno de ellos vivía aislado de los demás. "Lo que
la lengua unía era separado por la selva y por el orgullo de cada uno de los
grupos, que siempre se consideraba mejor al vecino y hacía todo lo posible por
ser diferente" afirma el etnólogo León
Cadogan. ¿Cuál era el origen de esta gigantesca etnia?. Historiadores y
antropólogos suponen que los grandes movimientos migratorios originados en la
cuenca amazónica, tal vez por una sequía, empezaron hace mas de dos mil años.
Para el siglo XVI de nuestra era, tupíes y guaraníes, ya claramente
diferenciados, ocupaban una vasta área geográfica. Los primeros dominaban el
litoral Atlántico, desde la desembocadura del Amazonas hasta la isla de Santa
Catalina. Allí comenzaba el predominio de los guaraníes. Sus aldeas se
distribuían cercanas a los ríos Paraná, Uruguay y Paraguay hasta las islas
del delta del Río de la Plata. En lo que sería Asunción vivían los Carios,
mas al norte los llamados Itatines y atravesando las selvas chaqueñas hasta los
contrafuertes andinos, los Chiriguanos, terror de sus vecinos mas evolucionados
del Alto Perú. Paraná arriba se llegaba a las tierras de Guayrá y Tayaoba, y
desde el río Uruguay hacia el Atlántico estaba la llamada región del Tape.
Los españoles llamarían "provincias" a estas regiones habitadas por
distintas parcialidades.
Vida cotidiana en una aldea guaraní. Organización social.
Usos y costumbres
Los guaraníes nunca conformaron una unidad política a pesar
de constituir racial y culturalmente lo que se ha dado en llamar "una gran
nación". Divididos en parcialidades y tribus semi sedentarias y
autosuficientes formaban alianzas o eran enemigos según las circunstancias. La
base de la organización era la gran familia que vivía en grandes casas
comunales (maloca o tapy-guasú), algunas de
cincuenta o mas metros de largo. Allí se reunían de 20 a 60 "fuegos"
como llamaban a cada una de las familias, mas o menos emparentadas, que
constituían un tevy bajo la dirección de un ñanderú.
Hileras de maderos que equilibraban la bóveda dividían los espacios de cada
familia individual, copiando la forma en que Ñande o Ñandevurusú había
edificado el sostén de la tierra, según cuenta la la leyenda de la Creación y
Juicio Final de los Apapokuva (grupo tupí) "Y trajo el eterno palo
cruzado, lo colocó hacia el Naciente, pisó encima y empezó la tierra a nacer.
El eterno palo cruzado quedó como sostén de la tierra. Luego que él quite el
sostén, caerá la tierra".
La inmensa habitación cubierta de hojas de palma o de
corteza, albergaba a esta comunidad de producción, de consumo, de vida
religiosa y política. Cada pueblo o aldea (tekoa) estaba formada
por varias de esas malocas situadas frente a un espacio central
cuadrangular, a modo de plaza, protegida por una o mas empalizadas. Schimidl, el
famoso lansquenete flamenco de la expedición de Pedro de Mendoza, ha dejado
descripciones detalladas de ellas:
"Los carios habían rodeado su aldea con tres
palizadas de postes que parecían muros. Eran gruesos como un hombre y
sobresalían de la tierra como tres bazas, y tenían enterrado un largo
igual a la altura de un hombre. También habían cavado unos fosos, y en el
fondo de éstos, clavadas en la tierra, estacas pequeñas, puntiagudas como
agujas, cinco o seis en cada foso (...) y estos fosos estaban cubiertos y
disimulados con paja, ramitas y hierbas, para que no se viera que allí
estaban."
Tales edificaciones defensivas muestran el carácter belicoso
de los tupí-guaraníes. Un grupo de estos tekoa, constituía una
tribu o parcialidad autónoma que disponía sus propias áreas para el cultivo,
la caza y la pesca. En ocasión de guerra, varias parcialidades podían reunirse
en una guara o provincia, bajo el mando de un gran jefe, el mburuvichá
guasú.
La autoridad del jefe se basaba en un sistema de
reciprocidad: el cacique repartía las tierras y las mujeres obtenidas en las
guerras, los "vasallos" le retribuían con cosechas y mujeres.
También entregaba mujeres a jefes de otras tribus como prenda de paz, para
fortalecer alianzas o para halagar a los huéspedes extranjeros acogidos con
hospitalidad. La poligamia era una de las instituciones político-sociales más
importantes pues de ella dependían, además de los pactos y alianzas, la fuerza
económica que representaba la gran familia polígama. El cargo de jefe
político era hereditario, pero para ser aceptado como tal debía ante todo ser
un buen guerrero, poseer elocuencia y ser generoso en el reparto de alimentos y
mujeres. Dirigía las empresas comunitarias como mantener la paz del grupo o
desabrozar los terrenos que luego serían repartidos entre las familias
nucleares. Una especie de consejo de ancianos se reunía regularmente para
discutir problemas comunes al teko’a.
Sin poder central que los uniera, ni más vínculos que los
necesarios para convivir en una paz precaria con sus semejantes, los grupos
familiares o tribales se instalaban por unos cinco o seis años en el lugar
elegido. Antes que nada había que hacer las rozas, es decir, talar y quemar el
terreno destinado a sembrar el maíz y las legumbres, base de su alimentación
junto con la caza y la pesca. La técnica del rozado implicaba varias etapas:
cortar la maleza, quemar troncos y ramas, sembrar, escardar y cosechar; tareas
que requerían el trabajo en comunidad. Existía una incipiente división del
trabajo por sexos: las tareas preliminares estaban a cargo del hombre, la
siembra, el cuidado de las chacras y la cosecha, correspondían a la mujer. Una
vez elegido el terreno todos los hombres de la aldea eran convocados con el
sonido del turu, especie de trompeta de tacuara. Juntos
cortaban la maleza, derribaban los árboles, los dejaban secar, les prendían
fuego y esparcían las cenizas que servirían como fertilizante. La siembra se
iniciaba con ceremonias rituales, cantos y danzas al ritmo de las maracas. En
algunas parcialidades danzantes con máscaras de madera, que representaban a los
antepasados muertos, bailaban para asegurar la fertilidad de los campos y una
buena cosecha. Recién entonces, con una estaca de madera dura o de piedra, las
mujeres abrían hoyos y trazaban los surcos donde poner las semillas en el caso
del maíz y las ramas cuando se trataba de la mandioca.
Como en casi toda América, la base de alimentación era el
maíz -avatí- en todas sus formas: hervido, asado, tostado, en
harina, como bebida fermentada, etc. La carnosa raíz de la mandioca, cocida o
asada, rebanada o secada al sol era también parte de la dieta guaraní.
Distinguían dos clases: la común y la llamada "brava" que era
venenosa y requería un complicado procedimiento para ser comestible. Asaban y
ahumaban la carne y el pescado para poderlo conservar, condimentándolos con
pimentón silvestre, azafrán del país y la poca sal que podían extraer de
algunas salinas naturales o de la cenizas de una planta. Cultivaban también el
camote (batata) el frijol (poroto) el maní, la calabaza, la banana y la papaya.
Los niños preferían la miel silvestre y las larvas de mariposas o
coleópteros. También eran muy solicitadas por ellos las tortas de maní -manduví-
y harina de maíz con miel. Cuando llegaba el momento de alguna celebración
(casamiento, iniciación adolescente), las jóvenes fabricaban el ka’u´y,
o chicha, masticando trozos de mandioca o maíz, previamente
pisado en el mortero y hervido en grandes ollas, que iban escupiendo en una
canoa de cedro. Después de tres días, una vez fermentado y filtrado estaba
listo para los festejos. Pero el gran descubrimiento de los tupí-guaraníes ha
sido el de la yerba mate. Desde tiempos inmemoriales tostaban ligeramente las
milagrosas hojas del ka’á y las masticaban durante sus andanzas
y correrías para tener mas vigor. También las maceraban en agua fría dentro
de una pequeña calabaza para absorberla con una pequeña tacuara. Era el tereré,
antecesor directo del mate criollo.
Hasta bien entrado el período hispánico la yerba mate no se
obtuvo mas que en forma silvestre y en su habitat de origen: al noreste del
Paraguay Oriental hasta las zonas vecinas del Mato Grosso, al norte del río Apa
y al este del Paraná. La recolección se hacía de febrero a mayo cuando las
hojas estaban bien verdes y los frutos casi maduros. Las ramas cortadas se
tostaban ligeramente sobre el fuego y luego se molían en un mortero.
Las aldeas o pueblos se ubicaban cerca de ríos, grandes o
pequeños. El agua era la vía mas empleada en las grandes expediciones de
guerra o de caza. Eran excelentes remeros en sus canoas, piraguas o jangadas de
variadas formas y tamaños. Las hacían de árboles fuertes y resistentes:
cedro, timbó, ubirapitá, jekitiva, humarú, y otros propios de la región. En
los grandes ríos las jangadas o balsas podían tener mástil, velas, bancos y
hasta una casa con techo para resguardarse en los largos viajes. Pescaban con
anzuelos de madera y también usaban trampas en las represas.
Además de ocuparse de la siembra y la cosecha, y de la
crianza y cuidado de sus hijos, las mujeres ayudaban en la construcción de las
casas y mantenían luego la limpieza barriendo con escobas de palma la tierra
apisonada, cuidaban el fuego familiar y se encargaban de preparar los alimentos
y de que no faltara el agua. Además fabricaban cestos de juncos, moldeaban y
cocían las vasijas de barro, hilaban el algodón con el que tejían las
hamacas, fajas, vinchas, redes y los famosos tipoy, especie de
túnica sin mangas que usaban algunas parcialidades. Tejían en un telar de dos
palos verticales y otros dos horizontales y devanaban el algodón con un uso de
madera. Las telas así obtenidas eran teñidas con colorantes extraídos de
plantas y raíces. También tenían las mujeres a su cargo el cuidado de las
aves de corral.
La alfarería era funcional: vasos para bebidas, ollas,
platos, vasijas de diferentes tamaños para transporte y depósito de agua y
tinajas ceremoniales dedicadas a usos funerarios o almacenar chicha. La
cestería era de variada forma y hechura. Había cestos de fino trazado para
llevar los niños a la espalda, grandes cestos para guardar el maíz y otros
productos, tubulares para el pescado, etc. También fabricaban abanicos para
atizar el fuego, redes para pescar y hamacas. Todavía en el siglo XVIII Felix
de Azara observando las armas de un grupo de guaraníes no reducidos, admira "unos
cestos perfectamente tejidos en que meten la fruta y lo que encuentran y los
llevan suspendidos de una cuerda que ciñe la frente." Eran estas
unas bandas llamadas apisamá que apoyadas en la frente bajaban
hasta la espalda y servían para el transporte de niños, vasijas de agua, leña
y otros objetos. Usadas por distintas tribus americanas todavía es posible
verlas en algunas zonas de México y Guatemala.
Los hombres tenían mayor movilidad pues su principal
ocupación era hacer la guerra o cazar con trampas, arcos y flechas a los
abundantes venados, osos hormigueros y tapires. Cuando se cazaba uno de estos
era día de fiesta en la aldea. Toda la comunidad participaba del festín
empezando por los niños entre quienes se distribuían las tripas hervidas del
animal. Mientras comían guardaban un extraño silencio.
Nadie estaba ocioso en una aldea guaraní. En los momentos de
descanso los hombres no rehuían las labores artesanales: trenzado de cestos de
paja, fabricación o reparación de las armas tradicionales: arcos, flechas,
mazas de madera dura o piedra, jabalinas, etc. Reunidos a la sombra de los
árboles bajo el sol de la siesta o alrededor del fuego en las noches
estrelladas, los mas elocuentes contarían las historias, mitos y leyendas que
han llegado hasta nosotros. Los niños tenían sus canciones y trataban de
imitar las tareas de los mayores que mas les interesaban. Una actividad que
requería dedicación y buen gusto era el armado de la ropa ceremonial: capas,
tocados, bandas pectorales y pulseras combinando las plumas de colores de
guacamayos, loros, tucanes y otras vistosas aves, que serían usados por los
más importantes karaí o por algún mbuvurichá- guazú.
Con destreza iban combinando los diversos verdes de las plumas de los loros con
las rosadas, azules o verdinegras del suruma, las naranjas, rojas amarillas y
negras del tucán, y de otras gallináceas del monte, sin utilizar jamás las de
aves de rapiña. Las cartas de los jesuitas de principios del XVII hablan con
elogio del rico manto de plumas del hechicero Ñezú, y Ruiz de Montoya describe
con detalle el ropaje de un cacique del Guairá y los suyos, preparándose para
la guerra al son de tambores, flautas y otros instrumentos:
Juntáronse en la plaza del pueblo, 300
soldados armados con rodelas, espadas, arcos y flechas, muchas y muy
vistosas por estar todas pintadas de colores y adornadas de variada
plumería. Llevaban en las cabezas muy vistosas coronas de plumas; pero
entre todos ellos se esmeró el cacique Miguel, quien se puso un rico
vestido todo hecho de plumas de varios colores, entretejidas con muy lindo
artificio. Estaba armado de espada y rodela y llevaba en la cabeza una
corona de plumas."
Casi todos los guaraníes andaban completamente desnudos,
adornados con penachos de plumas, collares de huesos, dientes y garras de
animales salvajes. Los hombres usaban tobilleras y muñequeras echas por sus
mujeres con mechones de su propio pelo entretejido. Era mas lo que se adornaban
que lo que se vestían. Como el clima era benigno y casi siempre templado, las
pinturas corporales reemplazaban a los vestidos. Para proteger la piel de las
picaduras de insectos y de los rayos del sol se untaban con la fruta del urucú.
Grandes conocedores de las propiedades terapéuticas y curativas de las plantas,
distinguían perfectamente entre ellas según sus usos: antisépticos,
depurativos, astringentes, etc.
En las zonas menos calurosas o montañosas como el Tape,
(margen oriental del río Uruguay), o en la meseta del Matto Grosso, se usaba el
varijú, ponchito tejido de algodón adornado con listas de
colores. Las chiriguanas usaban el tipoy, especie
de camiseta sin mangas, larga hasta las rodillas, que sería luego adoptada en
todos los pueblos de misiones, y la tribú de los Chiripá dió su nombre a la
prenda de uso común entre los gauchos consistente en un paño rectangular de
algodón o cuero que pasa por entre las piernas y se anuda en la cintura. Usaban
mantas tejidas con hilos de karaguatá o de otras fibras, y decoradas con
dibujos geométricos, para echarse o cubrirse con ellas al dormir. Mojadas y
arrolladas sobre el cuerpo servían para preservarse de las espinas o de las
flechas enemigas. La mejor cama era una hamaca suspendida de dos postes. Cuando
hacía frío o estaban enfermos ponían bajo ella unas brasas encendidas.
Hacia los doce años los varones y las jovencitas después de
la primera menstruación, se integraban a la comunidad tribal. Pero antes
debían pasar por los ritos de iniciación: grupal en el caso de los muchachos y
particular en el de las mujeres. Con ligeras diferencias entre las tribus la
iniciación consistía para los varones en la perforación del labio inferior
con un punzón de madera o asta de venado, para colocar el tembetá,
trocito de piedra, madera, metal o hueso que demostraba su entrada en la
adolescencia y su pertenencia a la tribu, siendo el distintivo de su identidad.
Para que no sintieran dolor se los embriagaba antes con ka’u’y.
Al cicatrizar la herida eran llevados al patio grande donde se celebraba la
ceremonia final con cantos, danzas y rezos.
Tan importante o mas que la imposición del tembetá
era la enseñanza de los cantos y danzas rituales que traía aparejado el
derecho de usar los maraka, símbolo de la virilidad. En muchas
tribus existía entre los hombres la costumbre de raparse el cráneo, a modo de
tonsura eclesiástica, dejando una porción circular de pelo alrededor de la
cabeza.
El rito de las niñas era individual porque correspondía a
la primera menstruación, pero la ceremonia final era pública puesto que su rol
de "procreadora" interesaba a toda la comunidad. La niña era recluida
por unos días en un intento de apartarla de todos los peligros que la acechaban
en ese difícil momento de su vida. En algunas tribus no se la dejaba tocar el
suelo mientras durara el período y debía permanecer en una hamaca . Estos
días de reclusión servían para enseñar a la jovencita lo que serían sus
obligaciones y las fórmulas rituales u oraciones que requería cada tarea. Al
terminar el período de encierro la lavaban con una cocción de cedro y la
engalanaban ciñéndole los brazos y la cintura con hilos de algodón que
llevaría hasta el casamiento. Estas costumbres variaban según las tribus. El
rito terminaba con fiesta comunitaria, música, danza y bebida.
Si hemos de juzgar por los cronistas, desde la conocida frase
de Schimdl en el siglo XVI hasta las afirmaciones de Alcides D‘Orbgny y
Humbold en el XVIII, los guaraníes tenían una agradable apariencia:
"Estas mujeres son muy lindas y grandes
amantes y afectuosas y muy ardientes de cuerpo, según mi parecer," dice
el primero. "Una raza diferente de todos los demás indios
-asegura D’Orbigny a principios del XIX- tanto por su inteligencia
como por su robustez, estatura y proporcionadas formas" y Humbold
añade: "En ninguna parte he visto indios con tal regularidad de
facciones. Sus ojos denuncian inteligencia y la costumbre de reflexionar. De
graves maneras y facciones nobles, se dan aire de importancia y con su
compostura y aire desdeñoso, manifiestan su superioridad" (Esto
último parece más propio de algún karaí o pajé
importante que del guaraní común).
Se casaban recién salidos de la adolescencia y, en general
no estaban bien vistas las relaciones prematrimoniales aunque entre los mbyá
convivían los novios en casa de los padres del varón, antes del casamiento.
También era costumbre en varias parcialidades que durante el año que debía
durar el noviazgo el muchacho sirviera a su futuro suegro en la caza y la pesca
o cortando leña. Para poder pedir una joven en matrimonio era necesario usar el
tembetá y demostrar destreza en el uso de las armas. La joven
tenía libertad para elegir a su compañero. La ceremonia del casamiento era
sencilla: la novia, adornada con una diadema y llevando en la mano la takuara
ritual, insignia de la femineidad y el novio también adornado y llevando su maraka,
parados sobre una red nueva, recibían el ka’u’y de manos de
un anciano. Luego, toda la comunidad festejaba y se bebía el consabido ka’u’y
mezclado con miel silvestre. Una carta de los jesuitas de 1632-34, cuenta otro
rito matrimonial entre los guaraníes del Itatín:
"Los que han de contraer matrimonio van muy de
mañana a casa del hechicero principal y éste deslíe en agua en un
calabazo aquella tan celebrada yerba de estas provincias y les dan a beber
de él a la mujer y al marido y ambos la vuelven a lanzar juntos en un mismo
hoyo que escarban en la tierra para ese efecto, y con esto quedan
unidos."
Como en otros pueblos, atribuían a los sueños carácter de
revelación: una mujer sabía que estaba embarazada cuando la palabra
revelada a su marido en un sueño, se encarnaba en ella formando un nuevo ser.
Del mismo modo, el nombre del niño era anunciado al chaman en un sueño
místico. (1) También el "canto" propio de cada guaraní le sería
revelado en un sueño, esperado a veces durante toda la vida pues la cantidad y
calidad de sus cantos era la medida para juzgar a un hombre. "Todo
guaraní es en potencia un chamán, un profeta y un poeta", afirma
Meliá.
Dentro de este contexto místico-religioso es que debemos ver
el rito de la couvade, practicado por casi todas las culturas
amerindias, según el cual el futuro padre, al igual que su mujer, debe
abstenerse de todo trabajo pesado, practicar ayunos y otros ritos, desde unos
días antes y después del parto. Mas allá de la interpretación tradicional de
ahuyentar a los espíritus malos, esta costumbre tiene un profundo significado:
facilitar a los padres el encuentro con ese nuevo ser que vendrá al mundo
concentrando en su llegada todo su pensamiento, sin distraerse en prácticas
cotidianas.
El parto era natural y simple. Como vivían en malocas,
o casa común se elegía un lugar aislado en el monte junto a un arroyo y la
parturienta se ubicaba sobre una estera, o simplemente sobre unas hojas grandes,
atendida por una mujer de mayor experiencia. Esta cortaba el cordón umbilical
con dos piedras o con un cuchillo de caña, cubriendo los cortes con ceniza y
unas gotas de aceite de kupay. Luego de bañarse la madre y el
recién nacido en una cocción de hojas de cedro, el niño era entregado al
padre quien lo envolvía en una tela de algodón y lo depositaba en una hamaca
nueva. Algunas parcialidades lo pintaban de rojo y negro. El resguardo o couvade
duraba unos ocho días, hasta que se cicatrizara el ombligo, y a su término
toda la aldea festejaba el nacimiento y se recurría al pajé, o
chamán, para que diera al niño el nombre que le correspondía, por
inspiración de "los que están arriba de nosotros",
como llamaban a sus dioses. Los niños mamaban hasta el año y medio y eran
tratados con mucho cariño.
En general los matrimonios eran monógamos. La poligamia era
privilegio de jefes y chamanes. No solo daba prestigio social sino que aseguraba
una mayor cantidad de tierras en el reparto efectuado al llegar a un nuevo sitio
y manos para trabajarlas. Sin embargo hombre y mujer podían separarse o
repudiarse mutuamente. "Para ninguno es
afrentoso repudiar a sus mujeres o ser repudiado por estas."
Anota el padre del Techo en el siglo XVII en su Historia de la
provincia del Paraguay. Lo que estaba mal visto era el adulterio, y aún
en la actualidad existe la creencia de que el alimento preferido por los
jaguares son los hijos de solteras y adúlteras, lo que implica cierto límite a
la tolerancia, como observa Cadogan.
Algunos resabios matrilineales quedaban en esta sociedad
tribal y patriarcal, como la importancia del tío materno en el cuidado y
educación de sus sobrinos.
En cuanto a los ritos funerarios, estaban ligados a la
creencia en la otra vida que se iniciaría en la Tierra sin Mal, a
la que algunos privilegiados podían llegar sin morir. Múltiples hallazgos
arqueológicos han comprobado la costumbre de enterrar a los muertos en grandes
ollas de barro colocando dentro el cuerpo bien ligado y envuelto con cuerdas de
algodón. Una carta del padre Roque González, escrita en 1614 atestigua esta
costumbre entre los Paranáes: "Un cacique de noventa años había
sido sacado ya por los suyos fuera del pueblo estando él moribundo para que
allí afuera le sepultasen a su manera antigua en un gran cántaro de
barro."
También Ruiz de Montoya registra esta costumbre, añadiendo
que ponían a los muertos asi enterrados en tinajas un plato en la boca "para
que en aquella concavidad estuviese mas acomodada el alma." Pero
hay también evidencias de un culto a los huesos de los muertos basado en la
creencia de que estos podrían volver a la vida a través de las oraciones
exteriorizadas en cantos y danzas, como cuentan algunos mitos. En estos casos,
el cadáver permanecía colocado en una canasta de bambú hasta que la carne se
pudría y deshacía. Lavaban entonces con cuidado los huesos y sus allegados los
conservaban en un recipiente de madera de cedro. Pero es poco lo que se sabe a
ciencia cierta de las creencias que había atrás de estos cultos y de la
influencia que pudieron haber tenido en alguno de ellos los ritos cristianos. En
la Conquista Espiritual el padre Ruiz de Montoya ofrece un
interesantísimo testimonio de culto a los huesos
"descubrieron un templo donde eran honrados aquellos
secos huesos. Vieron a la redonda muchas ermitas en que se albergaban los
que iban a aquella romería como en novenas (...) Estaba el cuerpo colgado
de dos palos en una red o hamaca que tenía las cuerdas guarnecidas de muy
vistosa y variada plumería. Cubrían la hamaca unos preciosos paños de
pintadas plumas (..) Había algunos instrumentos con que perfumaban aquel
lugar (...) En el interior del templo había muchos bancos donde se sentaba
el pueblo, el cual oía las respuestas que el demonio (sic) daba. Había por
todo el templo muchas ofrendas de frutos de la tierra en curiosos cestos
pendientes por las paredes."
Aparecen aquí varios elementos nuevos: además del
"templo" y las "ermitas", nunca vistas entre los guaraníes,
los bancos para los "fieles" y las ofrendas. En todo esto puede verse
un sincretismo con ritos cristianos. Años mas tarde el padre Oñate en una
carta menciona el caso de dos viejos ya bautizados que guardaban en su casa una
caja con huesos de sus antepasados adornados con plumas.(2)
Una curiosa costumbre propia de todo el grupo de los
tupí-guaraníes es el saludo lloroso. Así lo pinta el padre Ruiz de
Montoya:
" Entrando un huésped en la casa se sienta, y junto
a él, el que le recibe; salen luego las mujeres, y rodeando al huésped,
sin haberse hablado ni una palabra, levantan ellas un formado alarido.
Cuentan en este llanto los deudos del que viene, sus muertes, sus hazañas y
hechos que viviendo hicieron, la fortuna buena o mala que les corrió. Los
varones cubren el rostro con las manos mostrando tristeza y, llorando
juntamente con palabras bajas van aplaudiendo las endechas que las mujeres
llorando dicen; y mientras mas principal es la persona, mayor es el llanto y
los alaridos que parece por toda la vecindad que algún ser muy querido de
aquella casa ha muerto. Enjúganse las lágrimas, cesan los gritos y
entonces dan la bienvenida; y es desdichado el que así no es
recibido."
Mentalidad, lenguaje y religión
Las fuentes históricas -escritas por españoles, criollos o
mestizos- y los aportes de la antropología actual, permiten que podamos
asomarnos a la mentalidad de un pueblo cuya vida estaba completamente orientada
hacia el mas allá. Apenas llegados a la etapa agrícola y todavía
seminómades, no habían desarrollado artes ni técnicas: ni escultura, ni
pintura ni arquitectura. Exceptuando los notables trabajos hechos con plumas
para sus ceremonias, sus técnicas no pasaban del trenzado de canastos, una
alfarería funcional y algunos tejidos. El genio de la raza estaba volcado en la
lengua y en la religión. La lengua les posibilitó expresar su capacidad para
producir belleza y arte en cánticos y oraciones, mitos y leyendas. La religión
penetraba la vida social y nutría todos los comportamientos: políticos
culturales y hasta económicos, ya que la búsqueda de la Tierra sin Mal
implicaba también búsqueda de tierras no holladas para la caza y el cultivo.
En teoría, la Yvy Mara He’y no era inaccesible a los vivos.
Aunque se la reconocía como morada de los antepasados, algunos privilegiados
podían llegar hasta allí sin pasar por la prueba de la muerte. Esta esperanza
era la que alentaba las grandes migraciones al ser convocados por algún profeta
o Karaí. El era quien recibía los mensajes de los dioses y podía
"hablar extensamente en medio de todo lo que se levanta sobre la
tierra". Sus "bellas palabras",
inspiradas por "los que viven encima de nosotros",
cargadas de elocuencia, los impulsaban a seguir avanzando en las interminables
marchas en busca de la Tierra sin Mal.
La religiosidad se expresaba ante todo a través de la
palabra hablada y cantada. El lenguaje, función primordial del alma humana, no
era solo el medio para comunicarse entre los hombres sino principalmente para
comunicarse con la Divinidad. Dice el etnólogo León Cadogan que el idioma
guaraní "es una lengua mas para el canto y el discurso que para la
comunicación cotidiana pues ha sido elaborada por hombres que tienen la
conciencia del origen divino de la palabra."
Uno de los himnos sagrados de los Mbaya muestra esta
identificación del lenguaje con la sabiduría divina en el poema que narra la
creación de la palabra y del hombre
De la sabiduría contenida en su ser de cielo,
en virtud de su saber que se abre en flor,
Hizo nuestro Padre que se abriese la palabra fundamental
y que se hiciese como él,
divinamente cosa de cielo...
Habiendo ya hecho abrirse en flor el fundamento de la
palabra futura
habiendo ya hecho abrirse en flor para si una parte del amor,
habiendo ya hecho abrirse en flor para si un esforzado canto
consideró detenidamente
a quién hacer partícipe de la palabra
a quién hacer partícipe de ese único amor,
a quien hacer partícipe de la serie de palabras que
componían el canto...
Habiéndolo ya considerado profundamente,
hizo que se abriesen en flor los que habían de ser
compañeros
de su celeste divino ser"
Es notable la profundidad de este himno que identifica la
Palabra con la esencia de Dios y con el Amor. Inevitablemente nos trae a la
memoria el comienzo del evangelio de san Juan: "En el principio
existía ya el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios". Podemos
apreciar la belleza mística, cargada de contenido teológico, tanto de estas
imágenes como de las aplicadas al Creador Ñamandú: "El existía
iluminado por el reflejo de su propio corazón; hacía que le sirviese de sol la
sabiduría contenida dentro de su propia divinidad."
Nuestra mentalidad occidental que busca siempre paralelos y
semejanzas, se entusiasma frente a similitudes como las de aquél himno que
narra la creación de los primeros animales "originarios", cuyas
esencias están "en las afueras del paraíso de nuestro Padre" y el
mundo de las ideas de Platón:
"El primer ser que ensució la morada terrenal fué
la víbora originaria; no es mas que su imagen la que existe ahora en
nuestra tierra: la serpiente genuina está en las afueras del Paraíso de
nuestro Padre.(...) El saltamonte celebró con sus chirridos la aparición
de los campos. El saltamontes originario está en las afueras del paraíso
de nuestro Padre: el que queda ahora no es mas que una imagen suya. (...) En
cuanto aparecieron los campos, el primero en entonar en ellos su canto, el
primero en celebrar su aparición, fué la perdiz colorada. La perdiz
colorada que por primera vez entonó sus cantos en las praderas está ahora
en las afueras del paraíso de nuestro Padre: la que existe en la morada terrenal
no es mas que su imagen."
Lo original de la religión tupí-guaraní es identificar el
concepto alma con el concepto palabra y todo lo que esto implica
en cuanto a la valoración del lenguaje como medio de comunicación con lo
sobrenatural y con el propio perfeccionamiento. Idea central en los textos
rescatados por etnólogos y antropólogos, es demostrar que la función
primordial del lenguaje formado de "bellas palabras", es
la comunicación con los dioses, "los situados
encima de nosotros". El vocablo ñe’e designa al
mismo tiempo a la voz, la palabra y el alma, es decir, lo que en el hombre es
divino e imperecedero. La muerte es la pérdida de la palabra. y las
"bellas palabras" -ñe’e porä- son el equivalente de
la sabiduría y la santidad. Es por eso que Ñamandú el Primero
crea a sus tres hijos Karaí, Jakaira y Tupa y a sus mujeres:
"les imparte conciencia divina (...) para verdaderos
padres de las palabras-almas de sus futuros numerosos hijos (...) Por haber
ellos asimilado la sabiduría divina de su propio Primer Padre; después de
haber asimilado el lenguaje humano; después de haberse inspirado en el amor
al prójimo (...) a ellos también llamamos excelsos verdaderos padres de
las palabras-almas, excelsas verdaderas madres de las palabras-alma."
Cuando está por llegar al mundo un nuevo ser, estos dioses
serán los encargados de transmitir al chamán ante quien acude la madre, el
nombre que le es debido. Asi lo explican los ritos antiguos: "Cuando a
nosotros criaturas nos envían: "Bien, irás a la tierra", dicen los
situados encima de nosotros.
Y asi aconsejan al niño los dioses:
"Bien, irás tu, hijito de Ñamandú.
Considera con fortaleza la morada terrenal, y aunque todas las cosas, en su
gran diversidad, horrorosas se irguieren, tu debes afrontarlas con valor.
(...) Acuérdate de mi en tu corazón. Asi, yo haré que circule mi
palabra, por haberte acordado de mí."
Según Bartomeu Meliá, la doctrina de la concepción del ser
humano difiere entre los grupos guaraní, que reconocen dos, tres y hasta mas
almas:
"Lo importante, sin embargo, de toda esa
psicología teológica, está en la convicción de que el alma no se da
enteramente hecha, sino que se hace con la vida del hombre y el modo de
hacerse es su decirse; la historia del alma guaraní es la historia de su
palabra, la serie de palabras que forman el himno de su vida."
El vocablo teko’a significa "modo de
vida" o cosmovisión guaraní. El objetivo de vida del ava,
del hombre guaraní es lograr el teko mara he’y, es decir la
vida sin tacha que sólo podrá llegar a su culminación en la Tierra sin Mal.
La danza y el canto rituales son las formas mas importantes para lograr la
purificación necesaria que precisa la vida sin tacha.
En su sistema de valores, la relación con los
"otros" es abierta y acogedora en tanto no se los perciba como una
amenaza hacia sus formas de vida. Los extraños pueden llegar a convertirse en tovayá,
algo semejante a pariente: "No te burles de tus semejantes,
míralos con sencillez, recíbelos con hospitalidad" dice un himno
de los mbayá recogido por tradición oral.(3)
En general, la mitología tupí-guaraní no difiere mucho de
la de los pueblos amazónicos: el culto al jaguar y el mito de los gemelos -el
sol como héroe cultural inventor del fuego y de otros dones y la luna, su
hermano menor, especie de demonio burlón- por ejemplo, son relatos muy arcaicos
y están presentes en casi todas las mitologías americanas. Ruiz de Montoya es
uno de los primeros en mencionar el mito del jaguar y los gemelos en La
conquista espiritual, escrita en 1636:
"Tenían por muy cierta doctrina que en el cielo hay
un tigre muy grande el cual, en ciertos momentos de enojo se comía la luna
y el sol, que son los que llamamos eclipses. Y cuando esto sucedía,
mostraban sentimiento y admiración."
Otro rasgo de la mitología guaraní, presente en casi todas
las etnias y culturas de América son ciertas características animistas
presentes en los llamados "dueños" del mundo animal y vegetal y la
vigencia constante de la naturaleza en los mitos y en la vida. (4) Frente
a la cosmovisión intelectual de Europa, América ofrece su propia cosmovisión
donde las fuerzas de la naturaleza, juegan un rol fundamental, como sucede en
casi todas las culturas pre-alfabetas. De allí la participación activa de los
animales y las plantas en todos los mitos tupí-guaraníes sobre la creación:
antes de haber concebido siquiera la morada terrenal ni el firmamento, el
Colibrí era quien alimentaba a Ñamandú, el dios creador en la
mitología Mbyá, y entre los Pai Taviterá el
Abuelo Grande Primigenio, creador de todas las cosas, se amamantaba con las
flores del Jasuká. La leyenda de la creación y juicio final de
los Apopokuva trae también infinitos ejemplos de la
identificación entre dioses con animales y de la participación del mundo
animal y vegetal en los tiempos míticos, de la cual son resabios las
narraciones, fábulas y cuentos que los tienen por protagonistas. A veces son
una presencia amenazante: los murciélagos, reyes de las tinieblas, y el Tigre
Azul están en constante acecho sobre el mundo creado por Nuestro Padre
Grande, mientras Tupá al moverse por el cielo, truena y
relampaguea. Añá cumple un papel semejante al del demonio y multitud de
seres sobrenaturales pululan por la selva, como el Kurupí, que
proteje a los animales, castigando al cazador que mata solo por deporte y al que
corta un árbol sin necesidad. Dice Bartomeu Meliá
"Si la ennumeración de tantos "dioses"
y espíritus y figuras sobrenaturales puede dar la impresión de un mundo
religioso confuso y desordenado, la observación de la práctica
religiosa guaraní muestra lo contrario (...) La experiencia religiosa
guaraní está constituida por las formas de la relación con lo divino, por
las formas del canto y de la danza, por las formas de la palabra profética,
mas que por el contenido de sus creencias."
Los jefes religiosos (Karaí, paí) y políticos (mvurichá)
Consecuencia lógica de la importancia fundamental dada a la
elocuencia y el bello decir, fue que eligieran a sus jefes religiosos o
chamanes-profetas entre los que mejor hablaran, y que también sus jefes
políticos debieran ser elocuentes y generosos.
" Tenían sus caciques, -cuenta Ruiz de
Montoya- en quien todos reconocen nobleza heredada de sus antepasados,
fundada en que habían tenido vasallos y gobernado pueblo. Muchos se
ennoblecen con la elocuencia en el hablar, - tanto estiman su lengua, y con
razón, porque es digna de alabanza y de celebrarse entre las de fama"
Había diversas categorías de chamanes, es decir, mediadores
entre los hombres comunes y el mundo sobrenatural, que cumplían funciones muy
diversas: desde curar a los enfermos, predecir el futuro, la lluvia o el buen
tiempo, hasta convocar a varias parcialidades, amigas o enemigas para las
grandes migraciones hacia la Tierra sin Mal. Los primeros, equiparables a un
curandero, cumplían funciones más mágicas que religiosas, poseían "uno
o varios cantos" y podían dirigir danzas, curar, predecir,
descubrir el nombre de los recién nacidos, etc. Entre estos había mujeres,
pero solo los hombres podían acceder a la categoría de los grandes chamanes "cuyo
prestigio -según Helene Clastres- superaba ampliamente los
límites de la comunidad, convirtiéndose con frecuencia en los líderes
políticos del grupo." Estos ultimos, verdaderos líderes
carismáticos, poseían gran elocuencia y sorprendente poder de seducción.
No existía una clase sacerdotal. Cualquier guaraní podía
acceder a las distintas categorías de chamanes. Todos eran "rezadores"
y "cantores" con un menor o mayor grado de elocuencia y
profetismo. Según Cadogan, los actuales guaraníes que aspiran a encontrar la
"buena ciencia", convirtiéndose en payé
o karaí, entonan a diario plegarias a los dioses para obtener la
grandeza de corazón que les permitirá conocer los misterios. Después de un
tiempo, tal vez años, de hacerlo, pueden caer en estado de trance durante el
cual el Creador les transmitirá un canto nuevo y podrán iniciarse en la
práctica de la medicina mística. Asi lo expresan los mbyá:
"A los buenos, a tus hijos, tú les darás
palabras enteramente verdaderas;
darás palabras enteramente verdaderas a tus hijos de
corazon grande
para que hables en medio de todo lo que se levanta sobre
la tierra.(...)
Los karaí, u hombres-dioses tenían el
prestigio de los héroes culturales que les habían enseñado a cazar y cultivar
y como ellos, se creía que podían llegar a la Tierra sin Mal sin pasar por la
muerte, lo que era la mayor esperanza de todo tupí-guaraní. Los de mayor
jerarquía eran reconocibles por su austeridad de vida (ayunos, períodos de
reclusión en soledad, abstinencia de ciertas comidas,etc) y por su elocuencia
demostrada en largos discursos dichos al amanecer. (5)Estos discursos
ejercían sobre la gente una fascinación irresistible, sobre todo cuando
llevados por la inspiración cantaban al son de maracas y tacuaras, instrumentos
religiosos tradicionales cuyo son acompasado y poderoso ayudaba a la exaltación
mística expresada a través del canto y la danza. El mbaraka,
instrumento propio del hombre, que solía heredarse de padres a hijos consiste
en una calabaza hueca con un mango y semillas o piedritas adentro y el takua
o bastón de ritmo, es una caña tacuara con la que las mujeres golpeaban
acompasadamente la tierra durante la danza de los hombres. Nimuendajú,
el alemán-tupí-guaraní, testigo de esas danzas a principios de este siglo,
confiesa la impresión sobrecogedora que le causó el sonido de las maracas en
el silencio de la selva:
"Yo considero la mbaraka como símbolo de la raza
guaraní. Tan pronto la mbaraka suena, seria y solemne, parece
invitar a presentarse ante la divinidad; luego suena fuerte y salvaje,
arrastrando a los danzantes hacia el éxtasis; mas tarde, otra vez suave y
temblorosa, como si llorara en ella el viejo anhelo de esta cansada
raza por "nuestra madre" y por el reposo en la "tierra sin
mal".
No es de extrañar que estas danzas que entrañaban el
núcleo y la esencia del entusiasmo místico-religioso se convirtieran durante
el período hispánico en el símbolo por antonomasia de la resistencia al
régimen colonial.
Entre los privilegios de los karaí estaba el
de poder recorrer territorios enemigos, pues ellos estaban por encima de las
hostilidades entre tribus. Sin embargo en sus desplazamientos no iban solos sino
acompañados por gente de la aldea que los despedía, adornados con tocados de
plumas de papagayo. También las maracas se adornaban profusamente con plumas. A
su vez, un grupo de habitantes de la aldea o pueblo que iba a ser visitado se
dirigía al encuentro de los recién llegados bailando, cantando y preparando
las sendas por donde iba a pasar. Cuando se anunciaba en el pueblo la llegada de
un gran karaí o cacique-profeta, todos se preparaban para
recibirlo. Entre los diversos preparativos la principal preocupación era
edificarle una casa separada. Ya entrado el siglo XVI, muchos de estos karaí
llegaron a tener poder político, es decir, de jefes o caciques como les
llamaban los españoles, aunque algunas de sus atribuciones eran incompatibles.
En efecto: un jefe político -mbuvurichá- no podía tener el
privilegio del libre tránsito a través de territorios enemigos; la jefatura
era hereditaria, no asi el oficio de chaman o profeta, que era un don
carismático, y por sobre todo, el jefe, cacique o mbuvurichá,
debía residir en el pueblo que gobernaba, lo cual hacía imposible la misión
itinerante del chaman. El mbuvurichá se caracterizaba por su
valentía en la guerra y su liderazgo era estrictamente militar. Sin embargo, a
la llegada de los europeos se comienza a registrar la aparición de grandes
jefes carismáticos y hasta algunos intentos de confederación de parcialidades
bajo un mismo jefe. Como sucedía entre los calchaquíes, el llamado a la
confederación se hacía mandando a las distintas tribus una flecha emplumada
que representaba "su habla". También era costumbre regalar
armas a los jefes antes de entrar en la batalla. Cuando Alvar Nuñez reunió una
partida de guaraníes para combatir a los guaycurúes, sus tradicionales
enemigos,
"los indios principales vinieron a decir al
Gobernador que era su costumbre hacer algún presente al capitán cuando
hicieran una guerra...todos los principales, uno a uno, le dieron una flecha
y un arco pintados, muy galán, y tras de ellos, todos los indios, cada uno
trajo una flecha pintada y emplumada con plumas de papagayo, y estuvieron
haciendo los presentes hasta que fué de noche."
Existían también chamanes malos a los que estrictamente
correspondería el nombre de "hechiceros", tan mal usado en tiempos
hispánicos para designar a todos en conjunto. Eran los llamados "dueños
del veneno" o "los que hacen trabajos perjudiciales",
que conocían oraciones para hacer el mal y utilizaban elementos propios de la
magia negra. Hay testimonios históricos de su presencia en varios pasajes de
las cartas de los jesuitas y en un juicio que se sigue a varios de ellos en la
misión de Loreto después de la expulsión de los jesuítas.
Antropofagia ritual
Cuesta entender como un pueblo tan religioso y espiritual
haya podido ver como bueno el hecho de comer a sus semejantes. Es la costumbre
más difícil de comprender de los tupí-guaraníes y la que más nos separa de
estos pueblos a los que, como hemos visto, nos unen más cosas de las que
vulgarmente se cree (para intentar una comprensión tendríamos que recurrir a
la antropología y al etnopsicoanálisis e internarnos en el mundo del mito, es
decir, de la metáfora. Veríamos como el hombre avanza en el camino hacia la
civilización mediante lentas y acumulativas represiones: desde la prohibición
del incesto hasta la de la antropofagia. Lo reprimido es sustituido por lo
simbólico -mítico- y expresado a través del rito. Pero esto escapa a los
límites de este trabajo).
Naturalmente, la antropofagia fue la costumbre que más
escandalizó a los europeos y la que produjo mas testimonios. El más detallado
es el del alemán Hans Staden a quien le cupo el discutible privilegio de vivir
varios años entre los tupíes de las costas del Brasil. También los jesuítas
registraron, a veces con detalles macabros, esta costumbre.
El padre José Cataldino, hablando de la enemistad entre los
indios guaraníes y tupís, decía en 1613 que "en matándose se
comían unos a otros y de las canillas hacían trompetas y de las calaveras se
servían de tasas para beber". Y el padre Ruiz de Montoya en su
obra tan citada explica esta costumbre como una especie de bautismo ritual para
tomar nuevo nombre:
"El cautivo que cogen en guerra lo engordan,
dándole libertad en comidas y mujeres que escoge a su gusto; ya gordo lo
matan con mucha solemnidad, y tocando todos a este cuerpo muerto con la
mano, o dándole algún golpe con un palo, se pone cada cual su nombre. Por
la comarca reparten pedazos de este cuerpo, del cual cocido en mucha agua,
hacen unas gachas, de las que, tomando un bocado, toma cada cual su nombre.
Las mujeres dan a sus hijos de teta un poquito de esta mazamorra y con eso
les ponen el nombre. Es fiesta muy célebre para ellos, que hacen con muchas
ceremonias."
Más terrible es el relato de una experiencia que le tocó
vivir en las tierras de Tayaoba, en el Guairá,
cuando en una accidentada incursión evangélica, sus amigos indígenas
encuentran "unas grandes ollas de carne cocida con maiz, de que me
trajeron un plato, rogándome que lo comiese." En eso estaba
cuando, ante su horror, sacan de la olla "la cabeza, pies
y manos cocidas de aquel niño", su
monaguilo, a quien habían tomado prisionero el día anterior, y habían matado "con
la solemnidad acostumbrada".
Otro viajero, el francés Jean de Léry, describe
minuciosamente el rito: el prisionero caído en combate era atado de la cintura
y paseado triunfalmente por la aldea hasta llegar al lugar del sacrificio. Allí
era inmovilizado mientras escuchaba las palabras de su sacrificador que
aparecía adornado y armado con una gran takapé, maza de piedra o
madera dura. De improviso un certero golpe en la cabeza, lo ejecutaba. Una mujer
lloraba un momento junto al cadáver que luego era descuartizado y cada pieza
lavada y preparada con esmero por las mujeres mayores del grupo que las
colocaban en el asador. Las vísceras se cocinaban aparte y la cabeza, luego de
ser descarnada, se ponía en una estaca frente a la empalizada que rodeaba la tava,
como puede verse en los grabados de Staden. Toda la aldea participaba en la
fiesta posterior al banquete donde se danzaba y bebía abundante ka’u’y.
También el lansquenete Schmidl describe el rito detallando
el tratamiento dado a la cabeza del enemigo:
"Cuando ha terminado la batalla y hay entonces
tiempo, de día o de noche, toma el indio la cabeza y la desuella, cortando
en derredor de la frente y de las orejas; desprende la piel con pelo y todo
y la reseca cuidadosamente. Cuando está reseca, la coloca en la puerta de
su casa como recuerdo."
La opinión mas autorizada es la del holandés Hans Staden,
prisionero de los tupíes a mediados del siglo XVI. A él debemos los más
escalofriantes relatos de sobre la antropofagia ritual entre los tupíes de la
costa brasileña.(6)
En una tesis actual sobre La resistencia de los guaraní a
la conquista española, Florencia Roulet explica el sentido social de esos
ritos antropofágicos entre los tupí guaraníes:
"La antropofagia ritual fundaba y consolidaba una
serie de relaciones que mantenían la cohesión interna del grupo, a la vez
que reproducían la dinámica de conflicto con los extraños, siempre
potenciales enemigos. (...) La norma que regía las ‘relaciones externas’
era la hostilidad y el conflicto. La ejecución de un prisionero era
considerada una venganza por la muerte de algún antepasado en manos de los
parientes del prisionero y, a su vez, la muerte ritual a que se lo condenaba
engendraba un nuevo ciclo de represalias para restablecer el equilibrio que
se había roto, ya que normalmente debía ser vengada mas adelante por el
grupo de parentesco del prisionero sacrificado. (...) De este modo, la
guerra representaba la modalidad por excelencia de contacto con los
extraños, asi como la vía mas importante de acceso a posiciones de
prestigio en el interior de cada tekoa"
Mucho ha cambiado en cuatro siglos lo que resta del mundo
tupí guaraní, cuya existencia muchos ignoran. Cada vez más limitados
en su espacio selvático arrasado por el hombre blanco, las parcialidades
diseminadas en territorio paraguayo, argentino y brasileño siguen aun
cumpliendo sus ritos y comunicándose con el Mas Allá a través de sus cantos y
bailes. Lo curioso es que algunos de ellos, que estaban a punto de reducirse en
vísperas de la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767, aún conservan la
memoria de aquellos hombres vestidos de negro, venidos de tierras lejanas, que
tantas maravillas les prometían y que un día los tuvieron que abandonar....
NOTAS
(1) Según Bartomeu Meliá, "el
dador de nombre", hombre de reconocidas virtudes chamánicas enciende la
pipa, esparce bocanadas de humo de tabaco dentro de la casa de las plegarias,
reza y canta para ponerse en comunicación con los "Primeros Padres" y
averigua de ellos de cuál de los cielos procede la palabra-alma que ha tomado
asiento en aquel niño (....) El nombre recibido de lo alto es comunicado a la
madre que lo escucha en silencio y lo guarda en su corazón."
Algunos nombres, citados por Meliá y Cadogan, tienen un alto contenido
poético: "Llama aúrea del sol", Mar florido", "Hombre flor
del pequeño árbol", "Puerta en flor", "Pequeño
día", descollando aquel de Nimuendajú que fué dado por los Apopokuva al
antropólogo alemán, cuyo significado es: "aquel que eterno, áureo,
conquistó su lugar"
(2) Un testimonio contemporáneo rescatado
por Cadogan entre los Mbyá del Guairá y citado en su libro Ayvú Rapytá,
alude al rito funerario del culto a los huesos: "al permitírseme
entrar en el opy, la casa destinada a las ceremonias religiosas, de Tomás, me
encontré ante un recipiente de madera de cedro labrada que contenía el
esqueleto de un niño. Eran, me informó Tomás, los huesos de una nietecita
suya fallecida hacía años: ‘-Son huesos de una niña que portaba el bambú
en la danza ritual. Mi nieta, mi humilde hijita, que conservo con objeto de
hacer esfuerzos en pos de mi fortaleza.’. Y me informó que esta costumbre de
conservar lo esqueletos muertos forma parte del culto de la raza, pero que
paulatinamente va cayendo en desuso, habiendo pocos que la observan."
También le contó Tomás que existe la esperanza de que los huesos asi tratados
pueden volver a la vida, y citó el caso de una mujer que había alcanzado el
estado de perfección -agujé- entonando himnos sagrados en honor a su
hijo muerto, de quien conservaba los huesos, y éste había resucitado
ascendiendo ambos al Paraíso
(3) Toda esta riqueza literaria transmitida en forma oral
a través de las generaciones, permaneció ignorada por cuatro siglos, hasta que
el antropólogo alemán Kurt Unkel, que había vivido entre los
Apapokuva-Guaraní de la frontera brasileño-paraguaya, recibiendo de ellos el
nombre de Nimuendaju comenzó el rescate al publicar un corpus de sus
tradiciones orales en 1914, titulado "Leyenda de la Creación y
Juicio Final del mundo". Su obra recién fue traducida al
español y al guaraní por Juan Francisco Recalde en 1944 (solo cien ejemplares
mimeografiados). Pero fue León Cadogán, muerto en 1973, quien mejor supo
penetrar en el mundo religioso guaraní al ser admitido en los rituales de los
Mbya y poder transmitir sus cantos y tradiciones secretas, después de muchos
años de convivir con ellos. Gracias a él y a otros antropólogos y etnólogos
como Pierre y Helene Clastres, el padre Bartomeu Meliá s.j., Marcial Samaniego,
R. Bareiro Saguier, etc. se han podido conocer fragmentos de esta riquísima
tradición oral conservada y renovada por las cuatro parcialidades guaraní del
Paraguay instaladas en la región oriental del país: los Mbyá, los
Pai-Tavyterá, los Ava-Katu-Eté mas conocidos como Chiripá, los Apapakúva y
los Aché Guayaquí.
Los actuales textos míticos de los guaraníes mbyas
"guardados en admirable estado de pureza "según Cadogan, y traducidos
por éste, nos permiten acceder a ese mundo inaccesible, mucho mas rico y
profundo de lo que juzgó la mentalidad eurocéntrica, vigente hasta en los
misioneros, hijos de su tiempo. En verdad, toda la literatura guaraní,
expresada en forma oral y rescatada hace relativamente pocos años, es fuente
inagotable de asombro para el desprevenido lector occidental, tanto por la
animación y colorido de sus figuras literarias como por su profundidad
metafísica. Encontramos en ella desde himnos sagrados y relatos míticos hasta
fábulas, historias de animales, conjuros, leyes y mandamientos para convivir en
sociedad, consejos de padres a hijos, reglas para la caza y la agricultura, para
curar las enfermedades, para cocinar y hasta pequeñas representaciones
didácticas para enseñar a los niños costumbres y modos de vida.. Llaman la
atención las innumerables coincidencias en los mitos, aunque los nombres de los
dioses varien: hay un Dios creador de todo (Ñanderú, Ñanderuvusú o Nuestro
Padre grande), padre de los famosos gemelos, que entre los mbyá son hermanos
mayor y menor; aparece siempre el elemento de la cruz o palo cruzado como
fundamento o sostén de la tierra; el origen de la mujer en una vasija de barro
(cuyas formas copian las del útero), asi como su culpabilidad, mas o menos
explicitada ("por la incredulidad de las mujeres es que tenemos que
esperar tanto para que madure nuestra cosecha" dicen los
Ava-Katu-Eté) o la participación de animales parlantes: los jaguares, el loro,
el tapir, etc., etc., por no dar mas que algunos ejemplos. Y sobre todo, hay en
todos ellos idéntica valoración por la palabra-alma, expresada a traves
del canto poético y místico.
Es evidente que quinientos años no han pasado en vano ni
siquiera para quienes vivieron en el mayor aislamiento, pero las culturas pre
alfabetas son muchísimo mas conservadoras por la necesidad de transmitir su
experiencia en forma oral. La mayoría de estos textos rituales, avalados por
los testimonios escritos de misioneros y viajeros de los siglos XVI y XVII y por
los contemporáneos antropólogos, pueden transmitirnos una idea de como vivían
y pensaban los tupí-guaraníes en vísperas de su encuentro con los europeos.
(4) Invocación de los Pai Taviterá a Kuñambía, la
Abuela o "dueña" de las Víboras, antes de emprender una excursión
por la selva: "Bueno será que Kuñambía se aparte buenamente con
sus colmillos de los caminos que deberé seguir. Que buenamente se mantenga
escondida, junto con sus colmillos, de los lugares por los que deberé
transitar. (...) Guarda buenamente a tus numerosos nietos, Jarará grande,
apartados de los lugares por los que debemos transitar."
Canto del Colibrí entre los Apapó Kuvá
"¿Tienes algo que comunicar, Colibrí?
¡Lanza relámpagos, Colibrí!
Es como si el nectar de tus flores te hubiese embriagado,
Colibrí.
Lanza relámpagos, Colibrí, lanza relámpagos!"
(5) Existe un interesante testimonio del siglo XVI,
citado por el padre Y. d’Evreux, donde uno de estos poderosos chamanes le
explica, como a un igual, la razón de su comportamiento reservado y la fuente
su poder:
"Hace muchas lunas que tengo el deseo de venir a verte,
y a los otros Pais. Pero tú sabes, tú que le hablas a Dios, que nosotros
conversamos con los Espíritus y que no es bueno ni oportuno ser ligeros y
fáciles y emocionarse y correr al recibir las primeras noticias, porque siempre
somos observados por nuestros semejantes, que ordenan sus vidas de acuerdo con
lo que hacemos nosotros. El poder que hemos obtenido sobre nuestra gente se
mantiene gracias a la gravedad que les mostramos en nuestros gestos y palabras.
Los volubles y los que al primer ruido aprestan sus canoas, se empluman y acuden
rápidamente a ver que ocurrió de nuevo, son poco estimados y no llegan a ser
grandes principales."
La antropóloga Hélene Clastres explica al respecto:
"Este aislamiento voluntario era una manera de marcar
que tenían un estatuto aparte.(...) En efecto, no solo vivían separados en una
vivienda hecha para su uso exclusivo, sino que se desplazaban constantemente
recorriendo provincias enteras.(...) Evitaban mezclarse con los otros,
participar en las conversaciones y mucho mas evitar los diversos trabajos;
ayunaban rechazando a veces ostensiblemente la comida que se les ofrecia,
pretextando que no tenían necesidad alguna de alimentos. Pero en ciertos
momentos del día se dirigían al pueblo reunido con discursos con frecuencia
muy largos (...) .En varias de sus cartas los jesuitas señalan esta libertad de
la que gozaban solo los profetas y que les permitía circular a sus anchas entre
las provincias enemigas."
(6) A comienzos del siglo XVI, la costa comprendida entra
Pernambuco y Río de Janeiro fué una verdadera tierra franca. Buques
portugueses, holandeses y franceses arribaban a ella, henchían sus bodegas de
palo brasil y traficaban con los indígenas. A este particularísimo ambiente,
llegó en 1548 el joven Hans Staden, natural del país de Hesse, contratándose
como artillero de un fuerte construido por los portugueses en la bahia de San
Vicente. Cuando recorría los alrededores fué sorprendido y capturado por una
partida de tupíes que lo conducieron a su lejana aldea para ser sacrificado y
devorado de acuerdo al ritual indígena. Es interesante oír la experiencia en
sus propias palabras:
"Cuando ibamos llegando cerca de sus casas, vi que era
una aldea que tenía siete casas y se llamaba Uwatibi [Ubatuba]. Entramos en una
playa que va orillando el mar y allí cerca estaban sus mujeres en una
plantación de raíces que llaman mandioca. En la misma plantación había
muchas mujeres que arrancaban las raíces y a éstas fuí obligado a gritar en
la lengua de ellos: "Ayu iché-be ené remiúrama", esto es: "Yo,
vuestra comida, he llegado". (...) Cuando entré, corrieron las mujeres a
mi encuentro y me dieron bofetadas arrancando mi barba y diciendo en su lengua:
"Vengo en ti a mis parientes"...y durante media hora no vino ningun
hombre; solamente mujeres y criaturas estaban conmigo."
Después de este recibimiento, los hombres lo afeitaron con
unas tijeras que habían cambiado a los franceses por pimienta y pájaros de
colores y comenzaron una danza ritual a la que Staden fué invitado a participar
y en la que pueden apreciarse los mismos elementos de las danzas guaraníes de
entonces y de ahora: "... formaron un círculo alrededor del mio
quedando yo en el centro con dos de ellas, y me amarraron en una pierna unos
como cascabeles que hacían ruido al chocar y en la nuca una especie de corona
de plumas de colores. Después comenzaron a cantar y yo tenía que golpear el
suelo con el pié donde estaban las sonajas, siguiendo el ritmo".
Cerca de un año vivió en esta aldea como esclavo de un guerrero tupí mientras
lo preparaban para ser sacrificado. "Una tarde se reunieron a la luz de
la luna, en la plaza que queda entre las cabañas y conferenciaron respecto de
la época en que me debían matar y me condujeron hacia el medio de ellos
maltratándome y haciendo burla de mi. Yo estaba triste, miré para la luna y
pensé; "Oh, Dios mio y Señor, ayúdame en esta aflicción,,," Me
preguntaron entonces por qué miraba la luna. Les respondi: Veo que ella está
encolerizada...Me preguntó entonces el cacique principal "¿Con quien
está encolerizada la luna?" Le respondí: "Ella mira para tu cabaña."
Poco después, algunos parientes del jefe enfermaron de peste y murieron.
Desde entonces empezaron a mirarlo con mas respeto y prometieron no matarlo para
que su dios no los castigara. Mientras estuvo prisionero fué testigo de varios
ritos de antropofagia. En una ocasión, como ya había aprendido el idioma pudo
hablar con uno de los prisioneros que esperaba ser sacrificado. "Le
dije despues para que no se afligiese, que tuviera en cuenta que solo le comían
la carne pero que su alma iba para otro lugar, donde van también las almas de
nuestra gente, y allí hay mucha alegría. Me preguntó si eso era verdad. Yo
respondí que si y me dijo que él nunca había visto a Dios. Yo le dije que en
la otra vida habría de verlo y cuando acabé de hablar con él, lo dejé."
En otra ocasión intenta utilizar su prestigio para interceder ante el jefe
por dos "mamelucos", es decir, mestizos de india y portugués, que
estaban prisioneros. "El dijo que serían devorados y me prohibió
hablar con ellos. Estaba muy enojado porque habían acompañado a sus enemigos
(los portugueses) a guerrear contra él. Yo pedí que los dejara vivir y que los
vendiera a sus amigos (los franceses). Repitió que serían devorados. (...)
"Y él mismo tenía una gran cesta llena de carne humana delante de sí y
estaba comiendo una pierna que puso cerca de mi boca, preguntandome si yo
también quería comer. Respondí que ningun animal racional devora a otro,
¿Como podía entonces devorar a otro hombre?. Clavó entonces los dientes en la
carne y dijo: "Soy un tigre ¡está sabroso!."
A pesar de que los tupinambá eran enemigos de los
portugueses, comerciaban con ellos cambiándoles cuchillos y anzuelos por harina
de mandioca que necesitaban para alimentar a los esclavos negros de sus
plantaciones. En cambio sabían que los franceses que venían todos los años
con sus embarcaciones cargadas de cuchillos, hachas, espejos, peines y tijeras
eran tan enemigos de los portugueses como ellos mismos. Por eso los consideraban
sus amigos, pagándoles sus mercaderías con palo brasil, algodón, adornos de
plumas y pimienta. Fueron los franceses quienes liberaron a Staden valiéndose
de una estratagema pues su dueño se había encariñado con él y no quería
venderlo:
"Habíamos combinado que unos diez hombres de la
tripulación, que de algún modo se me parecían, se reuniesen y declarasen que
eran mis hermanos y que querían llevarme consigo porque nuestro padre quería
verme una vez mas antes de morir. Por su parte el capitán le dijo que él
hubiera querido que me volviese a tierra pero que estaba solo y mis hermanos
eran muchos, por lo que nada podía hacer. También yo le dije que hubiera
querido volver con él pero que mis hermanos no me dejaban. Comenzó entonces a
clamar que volviese en el primer navío pues él me consideraba su hijo y que
estaba muy enojado con aquellos que me habían querido devorar. Y una de las
mujeres del rey (sic), que había venido a bordo fué obligada a clamar sobre
mi, como es costumbre de ellos, y yo grité también, según la misma costumbre.
Después el capitán dió a todos algunas mercaderías que podían valer unos
cinco ducados, en cuchillos, hachas, espejos y peines. Con eso partieron para
sus casas y sus tierras. Asi me libró el Señor..."
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